jueves, noviembre 16, 2006

CAPÍTULO II. LA OPERAZZIONE MALAYA.

Il Petiglia colgó el celulare, y no sabía que hacer. De pronto se acordó de su amigo Bianco, Martini Bianco y se echó una copita para pensar con fluidez. En ese momento se acordó de Capri, y las fiestas de Martini en el pub de Dinio…

Si alguien ha oído hablar de la Jet-Set, del Glamour, del lujo, de los campos de golf, los yates y los Lamborghinis aparcados en la casapuerta, entonces ha oído hablar de la Costa dil Sole, y de su capital: Capri. Está situada varios cientos de Kilómetros al Este de la tacitta di argento, y es mundialmente famosa por su inmejorable clima y por los negocios que allí se realizan. Los hoteles de cinco estrellas que decoran lo que antes fueron parajes naturales están acompañados por innumerables campos de Golf, o de Polo, deportes sicilianos de toda la vida, y allí acuden los más ricos del país y del continente. Incluso, ha sido el destino turístico de los jeques más ostentosos de Oriente Próximo, que únicamente con sus generosas propinas acababan con los presupuestos deficitarios de la Casa Consistorial.

Al frente de la misma está un personaje muy particular, llamado Don Giuliani P., y apodado Il Caschiuli, que después de abandonar a su mujer, la Signora Zaldivarini, mantiene un romance con una tonadillera muy conocida llamada Issabella. Il Caschiuli está siendo investigado por los Federales desde hace años por la cantidad de negocios sucios que tiene. Está enfrentado políticamente con el Gobernador de la región, uno al que llaman Il Testa Magna, pero la estrecha amistad que une a la tonadillera con este Testa Magna ha hecho que los Federales hayan fracasado siempre en su tarea de llevar al Caschiuli a la prisión de Alhaurino Il Grande.

La mayoría de los negocios de este Alcalde están relacionados con la construcción. Desde su sillón ha conseguido cambiar el panorama urbanístico de una amplia zona de la región, gracias a increíbles y millonarias recalificaciones con las que ha construido chalets, hoteles, puertos deportivos y decenas de Campos de Golf. Por el contrario, ha dejado sin equipamientos y sin los servicios más elementales a sus conciudadanos, amén de transformar por completo la natural belleza paisajística de Capri, en una ciudad prefabricada de cemento y plástico. La mano derecha del Alcalde es un tal Rocco, famoso por la cantidad de fieras disecadas que tiene en su enorme finca, en la que hay desde jirafas, rinocerontes, tigres y leones, hasta dos helipuertos. Sus cuadras albergan cientos de caballos andaluces, que según la leyenda se los ganó al Magnate portuense Il Caravaggio en una apuesta allá por el año 99, cuando le porfió que la Parra Bomba ganaría el primer premio.

Este tal Rocco no sería nada sin Raludo Il Saníssimo, un modesto contable y propietario de un Volkswagen azul. Raludo trabaja para la familia Virtuali y tiene como guardaespaldas a Il Kurriero y a Il Patrico. Ellos son los que mueven el cotarro y agitan la botella de la burbuja inmobiliaria de la zona. Raludo planea, ordena y manda a sus guardaespaldas a que extorsionen a los pequeños propietarios de Capri. Ya sean huertas o explotaciones ganaderas, o naves industriales, sus dueños son asediados por Il Kurriero e Il Patrico con interminables ferias y festejos inexistentes que inventan para presionarles a que vendan sus terrenos a las grandes inmobiliarias y constructoras, entre las que destaca la de Rocco, que a su vez, se beneficia de las continuas recalificaciones de terreno que ejecuta Don Giuliani, previa orden de Raludo. Digamos que Rocco y Don Giuliani son unos títeres en manos de Raludo y sus secuaces, que son los que de verdad mandan en aquella localidad costera.

Una vez proyectados los campos de golf, los hoteles o los centros comerciales es hora de enviar esta información a oídos del Don, y éste habla con los representantes del lugar para que la Familia Virtuali participe en alguna actuación veraniega, ya sea en la misma Capri o en su cinturón metropolitano, formado por San Pietro di Alcantari, Stepponi o Sabinilles. Donde nunca han actuado es en Alyasira, porque allá manda de forma hegemónica la Camorra, y la N’dranguetta… y esas son palabras mayores para los hombres de negocio sicilianos.

Il Petiglia después de recordar todo esto, empezó a caer en la cuenta de que necesitaba un salvoconducto para poder atravesar el país en el menor tiempo posible y esquivar así a los Federales que le seguían la pista desde que se zafó del pelotón fumigador, y sin dudarlo pensó en Il Saníssimo como la mejor alternativa para tamaña aventura. Mientras apuraba la copa llamó a Raludo, desde un número desconocido, como solía acostumbrar:

-¿Cómo?
-Sí, hay problemi, excusi bambino, pero no podemos parlare en este momento.
-¿Pero que diche bambino? ¿Va vení con el Polo o qué?
-Ma que cosa… Petiglia, cuán picolo respetto… ma te estoy diciendo que puede que los Federales me tengan pinchado el celulare, por el caso este… Operazzioni Malaya, ¿capishe?
-¡¡¡Vaffanculo!!!
-¡Stronzi di merda! La Zaldivarini al final ha vendido a Don Giuliani P., ¿o es que no ves el Tomatini?
-¿Y qué pasará con vosotros? ¿Os han descubierto?
-¡Que va! Cuando cazaron a Il Patrico tuvieron que soltarlo antes de las 72 horas legales…
-¿Ma como?
-Le dijeron que cantara y que les soplara quién estaba detrás de todo y el Patrico se puso allí a cantarles el popurrí de los Condenaos una y otra vez, dejando sin tabaco al Cuerpo de la Policía Local de Capri; y de tanto cantar y soplar lo soltaron de lo cansino que fue.
-Increíble…
-Eso no es todo: entre cuarteta y cuarteta gritaba: “Óscari es el mejón… ¡Viva el Óscari!”, y los policías flipando, por supuesto.

Giusseppe no daba crédito a lo que oía: todo aquel imperio urbanístico ideado en la sombra por su amigo Raludo Il Saníssimo y ejecutado por Rocco y el Caschiuli se había venido abajo. Pero, si habían trincado a Don Giuliani, y la Signora Zaldivarini fue la que habló demasiado, entonces, tenía que ponerse en contacto rápidamente con una persona…

Mientras tanto, en el casco antiquo, una siniestra mano se crujía los dedos.

-¡Cantuesi, Cantuesi! Me has fallado… os habéis comportado como simples aprendiches… Io podría considerarlo una falta de respetto. Pero veo que no sois mala gente en el fondo, y como io sono justo y nunca me he colado en la final sin merecerlo, os voy a dar una seconda oportunittá.

-¡Oh! Grazzie, Padrino, es usted tan bueno, Don Valdivieri –mientras besaban su enorme anillo de oro y brillantes en el que se leía “Por gentileza de la SGAE”.

-¡Basta! Ahora, tú, Cantuesi, ve y encuentra a ese tal Petiglia que nunca me dio buena espina. Hazle creer que estás de su lado, y que quieres traicionarme. Dile que no estás a gusto con estos viejos comparsistas…

-Pero, Don Valdivieri… -repuso Pietro, apesadumbrado.

-Es lo que dice todo el mundo, hombre no te pongas así que no es para tanto. Pues eso, Cantuesi, ofrécete para trabajar para él, conviértete en su mano derecha… si se resiste mucho cómprale alguna cinta de Il Melli, de esas de 1 dólar, esa es una oferta que no podrá rechazar. Y cuando hayas ganado su confianza… ¡zas! Lo atrapas como a un cangrejo moro… Ja, Ja, Ja.

De nuevo, en el escondite secreto del Petiglia, éste intentaba ponerse en contacto con su amigo Zaldini...

-¿Con quién hablo?
-Soy Larry.
-¡Ma como diche…! ¿Barry…?¿…?
-No, no, Larry, como el de los Celtics. Soy el nuevo criado de Zaldini*.
-¿Y que le ha pasado a Roggerio…?
-Se nos fue… era muy mayor y estaba muy enfermo…
-Joder, digo, ¡mèrde!, lo siento… es una gran pérdida, era de los mejores Virtuali que teníamos.
-Grazzie, grazzie… nadie conducía como él.
-Prego, bambino, ma tu Signor Zaldini… ¿dónde sa metío?
-Pues verá… han caído todos en desgracia. La Operazzioni Malaya nos está destruyendo a todos, y muy pocos hemos conseguido salvarnos. Tan sólo quedo yo, y la tal Issabella, pero no tardará en caer. Y mira que somos honrados, católicos y vamos a misa...
-¿Qué me estás contando?
-Primero detuvieron al cuñao de Zaldini… ¡sí joe!, Don Giuliani Pelaezze… el del bigotito… porque la Zaldivarini, su mujer, y hermana de mi Signor, aireó nuestros negocios, y los Federales fueron a por todos.
-¡Porco Dio!
-Luego cayó la Signora Zaldivarini, y detrás su hermano... Don Zaldini.
-Pues nada, hombre, me temo que tampoco me podéis ayudar vosotros. Cuando consiga llegar a la ciudad, los sacaremos a todos de allí –y colgaron.

La última esperanza de Giusseppe para lograr un salvoconducto se esfumaba con estas últimas detenciones. Tan sólo quedaba ponerse en contacto con una persona que movía los hilos en otra parte del país. Pero ya era muy tarde, y el Petiglia se durmió. Y a eso de las 3 de la mañana una repentina llamada lo despertó.




*Zaldini es diminutivo de Zaldivarini (nota del autor)



1 comentarios:

Cabu dijo...

Ma que cosa!!!!!

De nuevo de categoria petiglia!!! enhorawena!