El Bar Cantábrichi era un modesto negocio controlado por la Familia Virtuali, desde donde planeaban la mayoría de los trabajos que realizaban. El Padrino y los demás capos se reunían cada noche allí para afinar nuevos golpes, puntear todos los resquicios legales, llevar un buen compás al golpear las cajas registradoras que reventaban y sobre todo, rasgar las cuerdas de los políticos, jueces y policías de la ciudad para que en la Reunión de Familias no les den un caggionazzi. El Padrino había llamado al Petiglia justo después de sufrir aquel atentado en el Bar de Óscari para que se reuniera con él y los capos en aquel Bar.
-¡No me lo coje, el muy canalla! –gritó desesperado en la puerta del Cantabrichi. “El número al que llama no existe”, ¡¡vaffanculo!!, siempre está igual… cambiando de número como de pistola –maldijo antes de entrar y reunirse con los capos.
En ese momento el avión privado de Giovanni Sandro, el mítico “Air que Mamar”*, llevaba unos minutos en el aire, cuando la llama del Andino comenzó a agitarse y a sufrir unas extrañas convulsiones que inquietaron a su dueño.
-So, Uchi. Estate tranquila que ya queda menos –le decía mientras le pasaba la mano por el lomo al animal, que estaba bien atado en un pequeño habitáculo.
De pronto una violenta turbulencia sacudió al aparato y tanto el Andino como Giusseppe se dieron un buen coscorrón.
-Oye, ve y pregúntale al piloto a ver que caraggio está facendo –sugirió Giusseppe Il Petiglia a su amigo.
El Andino, se repuso del golpe y se acercó a la cabina del piloto para preguntar qué pasaba. Mientras, el Petiglia se quedó al cuidado de la Uchi, la llama del Andino, que estaba algo trastornada -Mira que como me eche un gapo te meto enh.
En ese momento en la cabina el Andino recriminaba la actitud del piloto.
-Oye, stronzzi, me dijiste que sabías llevar un aparato de estos, y que tenías no se cuántas horas de vuelo a nivel usuario y nivel medio aterrizando y despegando.
-Ma, non ti preocupare bambino, tutili controlado, no hay problemi. Unas turbulencias son de lo más normal en el aire –le dijo al Andino mientras le enseñaba los controles del aparato- Mira el barómetro, la presión está bien, la de Quignoni tiene que estar más alta, y mira el anemómetro, levante fuerza doce, y mira, bandera roja, y eso otro, fuerte marejada…
-Pero, ¡¡¡si estamos volando, como vamos a tener fuerte marejada!!! ¡¡¡Maricona di Merda!!! –mientras le daba unos cuantos cosquis. Ahora mismo voy a llamar a “Adecco” y que me devuelvan lo que he pagao por ti.
-¡¡¡No!!! ¡¡¡Mi Signori!!! Relájese, verá como esto pasa al momento. Si quiere tómese un poco de agua y váyase al asiento de nuevo, por si hay más turbulencias –Acercándole un vaso con agua, para que bebiera el Andino.
-Bueno, usted verá, pero ya le digo, en cuanto lleguemos a Palermo y haga un par de llamadas en el celulare, no vas a pilotar ni los carros del Mercadoni –Se bebió el agua y salió de la cabina.
-¿Y bien? –preguntó el Petiglia.
-Nada, nada, tenemos que tranquilizarnos un poco que no son más que turbulencias… -dijo antes de bostezar- así que yo voy a echarme un ratito que estoy muy cansado y no he dormido bien esta noche.
-¿Qué tal la Boda… un fiestón no?, ja, ja, ja. Oye, tu llama está algo nerviosa todavía… ¿Andino? ¡¡¡¡Mámma mía!!! ¿Ya te has quedao dormío, bambino? –y sin entenderlo, el Petiglia intentó relajarse mirando por la ventanilla.
-Oh, se siente uno como un Dios cuando va encima de un avión, eh, Uchi –dirigiéndose a la llama. Mira qué paisaje más hermoso… ¿ves aquello de allá? Debe ser el Río Guadiani, y mira, Méritta –La llama mascaba alfalfa impasible. A ti te dará lo mismo, pero ahí abajo nacieron los que conquistaron tu tierra, sí, y mira aquello otro, La Sierri de Tentugiorno. Nos acercamos a Seviglia, así que no vayas a alterarte de nuevo, que yo se que tu eres mu de Cádi, Uchi –La llama empezó a agitarse de nuevo, y a sudar. Tienes que estar tranquila Uchi, porque si te pones así en Seviglia no se qué será de ti cuando volemos por encima del Circuito de Palermo… Mira, ahí se ve a lo lejos, el río Guadalquivirini, y allá en lontananza, Seviglia –La llama, seguía sudando y temblaba. Mira, mira, qué preciosidad, con esos puentes, y esos edificios… y, ¡¡mira!! Aquello que se ve allí es la Giraldini –señalándole con el dedo a la llama, que emitía unos extraños ruidos por su hocico.
Sobrevolaban Seviglia, y el Petiglia no podía dejar de asombrarse ante su magnificiencia, de tal modo que no era consciente de que cada vez estaban más cerca de la Giraldini, y que el piloto no variaba el rumbo. La parte delantera del avión enfilaba a la Giraldini como una flecha a una diana, y se acercaban, trágicamente, cada vez más hasta el mismo centro de tan emblemático monumento sevigliano, cada vez más cerca, y más cerca, y más…
Continuará…
-¡No me lo coje, el muy canalla! –gritó desesperado en la puerta del Cantabrichi. “El número al que llama no existe”, ¡¡vaffanculo!!, siempre está igual… cambiando de número como de pistola –maldijo antes de entrar y reunirse con los capos.
En ese momento el avión privado de Giovanni Sandro, el mítico “Air que Mamar”*, llevaba unos minutos en el aire, cuando la llama del Andino comenzó a agitarse y a sufrir unas extrañas convulsiones que inquietaron a su dueño.
-So, Uchi. Estate tranquila que ya queda menos –le decía mientras le pasaba la mano por el lomo al animal, que estaba bien atado en un pequeño habitáculo.
De pronto una violenta turbulencia sacudió al aparato y tanto el Andino como Giusseppe se dieron un buen coscorrón.
-Oye, ve y pregúntale al piloto a ver que caraggio está facendo –sugirió Giusseppe Il Petiglia a su amigo.
El Andino, se repuso del golpe y se acercó a la cabina del piloto para preguntar qué pasaba. Mientras, el Petiglia se quedó al cuidado de la Uchi, la llama del Andino, que estaba algo trastornada -Mira que como me eche un gapo te meto enh.
En ese momento en la cabina el Andino recriminaba la actitud del piloto.
-Oye, stronzzi, me dijiste que sabías llevar un aparato de estos, y que tenías no se cuántas horas de vuelo a nivel usuario y nivel medio aterrizando y despegando.
-Ma, non ti preocupare bambino, tutili controlado, no hay problemi. Unas turbulencias son de lo más normal en el aire –le dijo al Andino mientras le enseñaba los controles del aparato- Mira el barómetro, la presión está bien, la de Quignoni tiene que estar más alta, y mira el anemómetro, levante fuerza doce, y mira, bandera roja, y eso otro, fuerte marejada…
-Pero, ¡¡¡si estamos volando, como vamos a tener fuerte marejada!!! ¡¡¡Maricona di Merda!!! –mientras le daba unos cuantos cosquis. Ahora mismo voy a llamar a “Adecco” y que me devuelvan lo que he pagao por ti.
-¡¡¡No!!! ¡¡¡Mi Signori!!! Relájese, verá como esto pasa al momento. Si quiere tómese un poco de agua y váyase al asiento de nuevo, por si hay más turbulencias –Acercándole un vaso con agua, para que bebiera el Andino.
-Bueno, usted verá, pero ya le digo, en cuanto lleguemos a Palermo y haga un par de llamadas en el celulare, no vas a pilotar ni los carros del Mercadoni –Se bebió el agua y salió de la cabina.
-¿Y bien? –preguntó el Petiglia.
-Nada, nada, tenemos que tranquilizarnos un poco que no son más que turbulencias… -dijo antes de bostezar- así que yo voy a echarme un ratito que estoy muy cansado y no he dormido bien esta noche.
-¿Qué tal la Boda… un fiestón no?, ja, ja, ja. Oye, tu llama está algo nerviosa todavía… ¿Andino? ¡¡¡¡Mámma mía!!! ¿Ya te has quedao dormío, bambino? –y sin entenderlo, el Petiglia intentó relajarse mirando por la ventanilla.
-Oh, se siente uno como un Dios cuando va encima de un avión, eh, Uchi –dirigiéndose a la llama. Mira qué paisaje más hermoso… ¿ves aquello de allá? Debe ser el Río Guadiani, y mira, Méritta –La llama mascaba alfalfa impasible. A ti te dará lo mismo, pero ahí abajo nacieron los que conquistaron tu tierra, sí, y mira aquello otro, La Sierri de Tentugiorno. Nos acercamos a Seviglia, así que no vayas a alterarte de nuevo, que yo se que tu eres mu de Cádi, Uchi –La llama empezó a agitarse de nuevo, y a sudar. Tienes que estar tranquila Uchi, porque si te pones así en Seviglia no se qué será de ti cuando volemos por encima del Circuito de Palermo… Mira, ahí se ve a lo lejos, el río Guadalquivirini, y allá en lontananza, Seviglia –La llama, seguía sudando y temblaba. Mira, mira, qué preciosidad, con esos puentes, y esos edificios… y, ¡¡mira!! Aquello que se ve allí es la Giraldini –señalándole con el dedo a la llama, que emitía unos extraños ruidos por su hocico.
Sobrevolaban Seviglia, y el Petiglia no podía dejar de asombrarse ante su magnificiencia, de tal modo que no era consciente de que cada vez estaban más cerca de la Giraldini, y que el piloto no variaba el rumbo. La parte delantera del avión enfilaba a la Giraldini como una flecha a una diana, y se acercaban, trágicamente, cada vez más hasta el mismo centro de tan emblemático monumento sevigliano, cada vez más cerca, y más cerca, y más…
Continuará…
*Homenaje al carnaval Ilegal / callejero. (Nota del autor)
1 comentarios:
De nuevo, de lujo
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