martes, enero 30, 2007

CAPÍTULO V. EL SECUESTRO (Segunda Parte)

En el último instante, cuando ya parecía que el choque era inminente, el avión hizo una maniobra inesperada y con una apurada pirueta salvó el obstáculo, pero el Petiglia comenzó a mosquearse.
¡Andino! ¡Andino! –gritaba el Petiglia, llamando a su compañero de vuelo. ¡¡Andino, cogno!! –continuaba Petiglia, esta vez, agarrándolo del brazo.

Cansado de llamarle, el Petiglia decidió acercarse a la cabina para averiguar a qué estaba jugando el piloto, pues la maniobra anterior había sido muy peligrosa. En ese momento, se oyó por los altavoces: “Papaparaparapaaaaaa, jiu, les informamos que dentro de unos minutos aterrizaremos en el Aeropuerto de Palermo, permanezcan sentados en sus butacas y abróchense los cinturones, grazzie. Tran, tran.”

El Petiglia no tuvo más remedio que sentarse y esperar, ya que no podía ir de un lado a otro en la complicada maniobra del aterrizaje, teniendo en cuenta el pavor que le tenía a esos aparatos voladores.

Mientras tanto, en el Cantábrichi, el Padrino entraba por la puerta con la intención de poner al día a sus capos de la situación. Desde la Avenitta la apariencia del Cantabrichi era la de un bar normal, pero a la izquierda de la barra, detrás de unas cortinas negras había un salón desde el que se accedía, bajando unas escaleras, al escondite de los capos. El Padrino llegó al lugar y saludó uno por uno a todos ellos.

La sala estaba decorada de forma austera, y el antiguo restaurante tapadera seguía conservando su mobiliario. En el centro de las mesas había un pequeño escenario donde tenían lugar actuaciones de todo tipo que entretuvieron un día a los comensales, pero de eso hace ya mucho tiempo, y el Cantábrichi obtiene sus ingresos gracias a la colaboración con la Cosa Nostra. El Padrino hablaba desde ahí, con la apariencia de un monologuieri que interpretaba sus guiones. Desde la primera fila escuchaba muy atento Giusseppe Giovanni, Il Pastrana, que era el Caporregime del distrito musicale. Il Pastrana se encargaba del abastecimiento de armamento y municiones a todos los Virtuali, y a pesar de su juventud era uno de los capos mejor considerados en la Virtuali, y de ahí su importante cargo.

A su lado estaba el Moini, Consiglieri de la Familia Virtuali, a pesar de ser de la Barriatta. Según manda la tradición siciliana, el requisito que debe cumplir todo Consiglieri es que sea del Casco Antiquo, a ser posible del Barrio de la Vigna; hoy en día esa norma cayó en desuso debido al auge que han tenido grandes capos de las Porta di Terra en la Reunión de Familias, como Giar Carlo Aragoni, oriundo del Lagunaro, o Gian Emmanuelle Il Valdesi, que se bautizó en Santi Severiani. Il Moini, se ha encargado de traer a varios capos de su antigua familia, y por eso ocupaba un lugar de privilegio en el organigrama de la Virtuali.

-Han intentado acabar conmigo –dijo el Padrino a sus capos. Buscaban la Credinciali, no hay duda –aseguró.
-¿Acaso fueron los hombres de Bustelo? –preguntó un pequeño gran capo desde la esquina.
-Que va, Luciani –dijo seriamente. Esta vez me temo que es gente mucho más peligrosa, además, el estado mental de sus hombres me preocupa –dijo.
-¡¡Don Valdivieri y los Maharajahi!! –gritaron varios capos.
-Sí, estoy seguro que fueron ellos –afirmó con rotundidad. Tenemos que acabar con la Escuela di Carnaval, y con su pegna en el Porto di Santa Madonna.
¡¡Vendetta!! –gritaron todos los capos. ¡¡Ese Capo!! –alzando sus copas al aire. ¡¡Iiiiiiinnnnn!! –y brindaron.
-El plan es sencillo, tenemos que poner una bomba lapa de pelo en el coche de Don Valdivieri, y lanzar varios cócteles Molotov, de pistachito y arvellana, en la pegna dil Porto –explicó el Padrino. Lo que pasa, es que nuestros especialistas no están disponibles todavía.
-¿Acaso están de baja? –preguntó uno de los capos.
-No, mucho peor, el Petiglia, experto en bombas lapa de pelo ahora está apagado o fuera de cobertura.
-¿Y el de los pistachito y arvellana? –preguntó otro capo.
-De eso se encargan los del Commando San Raffaelle, y como no aparezcan pronto, les voy a dar de cosquis –concluyó, sacando la lengua hacia atrás entre dientes.
A unos kilómetros de allí, el Petiglia bajaba del avión y se fue a por el piloto, como dicen los sicilianos, de tirona.
-¡¡Ma tu ere tonto o un filio de mala mamma!! –mientras abofeteaba al pobre piloto, que se tapaba la cara como podía.
-¡Pare! ¡¡No!! ¡¡No me pegue!! –balbuceaba, intentando zafarse de las tortas del Petiglia.
-Si es que ere tonto –y continuaba abofeteándole.
-¡¡Pare, por favor!! No me haga daño que no ha sido culpa mía… ehm, la verdad es que me he mareado en esa ciudad de Seviglia, yo es que soy mu de la tacitta y cuando veo el campo del Beti me entra fatiguita –le dijo, intentando ganar su confianza.
-Je, je, la verdad es que estos sevigliani… -rió el Petiglia, mientras le soltó.
-Oye, y tu amigo ese de la llama, ¿no sale? –preguntó.
-Creo que ayer se casaba allá en Lima y debió pegarse una buena fiesta –contestó Giusseppe. No creo que haya problemas en que se queden ahí en el avión, durmiéndola, mientras yo resuelvo mis asuntillos –continuó Giusseppe. Además, tiene trabajo hasta Febraio –sonriendo.
-Y esos asuntillos, ¿tiene que realizarlos aquí en Palermo? –preguntó.
-Pues, hombre, la verdad –dudando- es que me dirijo a la tacitta pero…
-¿No tiene medio de transporte? –interrumpió, mientras el Petiglia asintió con la cabeza. Debió empezar por ahí, amico, sono molto agradecido con mis jefes, y ustedes se han portado muy bien conmigo –díjole, acariciándose la cara, todavía calentita de los tortazos.
-Lo siento hombre, es que volando me pongo muy nervioso –se disculpó el Petiglia.
-Prego, prego, le puede pasar a cualquiera –continuó, mientras agarraba del brazo a Giusseppe. Venga conmigo, que le llevaré a la tacitta en un momento… ¡Confíe en mí! –sentenció.

Salieron del Aeropuerto y el piloto se llevó al Petiglia hasta un aparcamiento cercano. Entraron en un coche negro con los cristales oscuros, y antes de arrancarlo, el piloto encendió el aparato de musica y se escuchó:
“A ti Israeeeeeeeeeel, te venimo a cantaaaaaaar…”
-Mamma mía, esta cinta no se consigue ya ni en el Mercatto Negro –dijo el Petiglia, sorprendido.
-Tengo algunos contactos… -comentó el piloto, sonriendo.
-Esto te habrá costado un dinero en los baratillos –aseguró el Petiglia.
-Te equivocas, esto es del almancén clandestino que tiene Il Melli en Il Hospitale di muggeri.
-Stronzzi…
-Mira, creo que puedo fiarme de ti… -susurró, mirando a su alrededor. Bájate del coche, que voy a enseñarte algo.
-Claro –dijo antes de ir a la parte trasera del vehículo.

El piloto abrió el maletero y detrás de un doble fondo había unas doscientas cintas de Isquierdo Produzzione sin abrir, y otras tantas del Melli. También había muchos discos en vinilo, libretos y carteles de Carnaval. El Petiglia estaba alucinando allí y no dejaba de coger cintas y decir: -“Los Músicos del Racataplán”, “A mí me tocó la China”, “Las Cotorritas de Portugal”, “Los Dedócratas”, “Los Gorilas”, “Sin Plaza de Toros en Cádi, se desliarán 6 ovillos 6…” ¡¡¡Ma esto es un tesoro, amico mío!!!

-Mira aquella del fondo –señalándole un vinilo- tráelo, verás que bastinacci.
-¿Cuál? ¿Los Escarabajos Trillizos? ¿La original? ¿La de concurso? ¿no será la que sacaron después? Ohhhh… esto es lo migliori…

En ese momento, el piloto lanzó un golpe seco y certero en la sien de Giusseppe, con el libreto del coro de Julio Pardi, y cayó desplomado dentro del maletero, con la cinta de “Cine Cómico” entre los dientes.

-Ábreme las puertas que me vienen alcanzando, que me han dao el alto entre Cádi y San Fernando –comunicó el piloto por radio.
-¿Qué dise Cantuesi? –preguntó una voz.
-¡Qué te acerques a Romerijo a por gambas, que el cangrejo lo pongo yo! –dijo riendo.

Mientras tanto, alguien despertaba en el avión.

-¿Dónde estamos, Uchi? ¿Y la Boda? ¡Mamma! La cabeza me va a estallar. Ma, ¿esto que caraggio es? –leyendo en el papel que Giusseppe le había dejado- “Estas son las Doce Pruebas Andino, haz lo que se te indica y el Domenico di Pignatta nos vemos, ¿capishe?”, ¿Capishe? ¡porco dio! Ma io no capito nada bambino…

Sin duda el potente narcótico había hecho mella en el cuerpo resacoso del Andino y aún seguía bajo sus efectos. De nuevo, en el coche negro de los cristales oscuros, alguien reía de forma siniestra.

-Ja, ja, ja, cuando te lleve a Don Valdivieri seguro que me dan una credencial y un vale descuento para el Supersol, ja, ja, ja. Y dentro de dos años me dejará ser postulanti, ja, ja, ja.

1 comentarios:

Cabu dijo...

jejeje de nuevo enhorawena petiglia, pero vas a tener que mejorar la oferta si quieres las entradas!!! ejejej